Todos hemos sentido en alguna ocasión ansiedad, en
su justa medida es una emoción positiva que nos incita
a actuar y a enfrentarnos a una situación amenazadora.
Por ejemplo, nos lleva a estudiar más para un examen,
y a estar alertas en una situación de peligro.
Pero
la ansiedad empieza a ser un problema cuando es excesiva
e invade al sujeto, provocando un malestar significativo
y deterioro social, laboral o en alguna área importante
de la actividad del individuo. También la ansiedad
puede manifestarse por medio de intensas crisis que invaden
e inmovilizan al sujeto. Es muy común que en dichos
casos se atribuyan tales estados a “los nervios”,
se suele escuchar como justificativos por ejemplo: “Siempre
fui nerviosa, en mi familia somos todos nerviosos”
o “Últimamente estoy nervioso”. Lo
cierto es que el problema es más complejo y más
serio que eso.
Estos estados de ansiedad generalizada incluyen una preocupación
excesiva por la salud, el dinero, la familia o el trabajo.
A pesar de comprender que su ansiedad es más intensa
de lo que la situación justifica resulta casi imposible
controlarla. Acompañan a estas preocupaciones,
grandes dificultades para relajarse, alteraciones en el
sueño (dificultad para conciliar o mantener el
sueño, o sensación de no descansar) y falta
de concentración. También síntomas
físicos, especialmente temblores, contracciones
nerviosas, tensión muscular, dolores de cabeza,
irritabilidad y transpiración. Son frecuentes,
además, los mareos, nauseas y sensación
de falta de aire o de tener un nudo en la garganta.
Dichos
estados son un modo de tapar la angustia, se intenta calmar
la ansiedad con distintos objetos, pero ninguno parece
el apropiado, entonces se sostiene una constante sensación
de insatisfacción. La ansiedad como “tapón”
de la angustia es un intento fallido, y en acto aparece
algo que se debería hablar. Son los casos por ejemplo
dónde por ansiedad se come y se bebe compulsivamente
para “tapar” algo que insiste en aparecer.
En
la actualidad es sumamente habitual encontrar gente que
sufra de estos estados en que la ansiedad los invade.
Muchos suelen restarle importancia, y se los atribuyen
a características propias, de su personalidad.
Otros, en cambio, ubican que algo les está ocurriendo
y deciden solucionarlo tomándose una “pastillita”;
suele ocurrir que alguna persona cercana le sugiera: ”Tomate
un ansiolítico y listo”, “Yo con los
tranquilizantes me despreocupo de todo ¿por qué
no probas?” de este modo se subestima el problema,
no teniendo en cuenta que es un tema serio, que debe ser
tratado adecuadamente ya que perturba en grado extremo
la vida del paciente. Si bien es cierto que la medicación
es efectiva para mitigar los síntomas de la ansiedad,
no alcanza para resolver estos estados. Es muy importante
que la medicación sea indicada por un profesional
capacitado, que realice un control de la misma, y que
el tratamiento farmacológico se complemente con
un tratamiento psicológico.