La depresión es uno de los nombres del malestar en
nuestro tiempo. Las estadísticas indican que afecta
al 17% de la población mundial y que no se presenta
sola: el 96% de quienes sufren depresión también
padecen de ansiedad e insomnio. Además se presenta
en mayor proporción en mujeres que en hombres.
El término depresión
invade el discurso actual y los medios de comunicación;
además está cada vez más presente
en el lenguaje de la medicina, la psiquiatría y
la psicología. A grandes rasgos se llama depresión
a un trastorno del estado de ánimo en el cual los
sentimientos de tristeza, pérdida, ira o frustración
interfieren con la vida diaria durante un período
prolongado. Suele presentarse en distintos períodos
cíclicamente; muchas veces alternándose
con períodos de manía: excitación
psicomotriz, ansiedad, euforia, etc
Desde la perspectiva de la ciencia se considera que es
consecuencia de un “desequilibrio químico”,
de factores hereditarios, y comportamientos aprendidos.
La realidad es que no hay una única causa que justifique
el desarrollo de una depresión.
Se ha dicho mucho en los últimos tiempos sobre
cuales son los factores que predisponen a la depresión,
cuales precipitan su aparición, e incluso se han
difundido ciertas “recetas” para prevenir
su aparición. Leyendo sobre el tema, me he encontrado
con que hay autores que sostienen que por ejemplo se puede
prevenir la depresión manteniendo hábitos
saludables: alimentación adecuada, hacer ejercicios
regularmente, aprender a relajarse y no consumir drogas
ni alcohol. Resulta ridículo pensar que algo tan
complejo como la depresión se puede prevenir de
este modo. Realmente se ha dicho mucho sobre el tema,
quizás demasiado.
Lo cierto es que la depresión se caracteriza por
presentar un estado anímico disminuido, pérdida
de interés por situaciones o actividades que antes
producían placer, falta de energía, sentimiento
de culpa intenso, ansiedad, alteraciones en el sueño
y en el peso corporal, disminución del deseo sexual
e ideación suicida. Tales síntomas afectan
claramente la vida laboral y familiar de gran cantidad
de personas, es por eso que la depresión es un
tema que debe ser tratado con mucha seriedad.
Si bien es cierto que la medicación es sumamente
efectiva para tratar la depresión, no alcanza para
lograr una real mejoría, debe complementarse necesariamente
con un tratamiento psicológico.
Muchas veces el paciente llega a consulta en una posición
demasiado pasiva, llega tomado por su diagnóstico;
diciendo “ser depresivo”, la depresión
parece ser su carta de presentación. Suelen asumir
su estado como algo ya dado, que es consecuencia de situaciones
vividas en el pasado. El sólo hecho de poder darle
un nombre a su padecimiento y de ubicar una supuesta causa
resulta tranquilizador. El paciente generalmente viene
pidiendo medicación para su depresión, que
quizás se la diagnosticó un amigo, un familiar,
o él mismo. Llega diciendo: “Yo ya se que
me pasa, tengo depresión”. La depresión
no suele generar ningún tipo de enigma en el sujeto
depresivo, que usualmente no quiere poner en claro el
motivo de su sufrimiento.
Lo cierto es que la causa particular del padecimiento
de cada uno no puede ser generalizable. Resulta necesario
no encasillar demasiado al paciente en el diagnóstico,
y darle la posibilidad de desplegar y de conocer él
mismo que es lo que le está pasando. No debemos
perder de vista que la depresión es una cuestión
muy compleja que si no se trata puede durar años,
y tener consecuencias nefastas. Es muy importante consultar
a un profesional y mantener una continuidad en el tratamiento,
con un compromiso real que debe ser asumido tanto por
el sujeto como por su entorno, que funciona como un sostén
sumamente importante para el tratamiento de la persona
que padece depresión.